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lunes, 8 de diciembre de 2014

Intensión y extensión: reflexiones en torno al estudio y la investigación del arte asiático en Chile*.



 En primer lugar, quisiera agradecer encarecidamente al Museo de Artes Decorativas, a su directora Macarena Murúa, por patrocinar esta jornada, y al equipo de participantes que conforman esta Mesa de Diálogo: Patricia Roldán, encargada de colecciones del Museo, María José Inda, Magíster en Artes en Estudios Japoneses de la Universidad Sofía, Manuel Alvarado, Licenciado en Historia de la PUC. A su vez, quiero rescatar muy atentamente la asistencia del público.
Esta actividad se enmarca en un conjunto de Mesas de Diálogo organizada por la Asociación  Latinoamericana de Estudios de Asia y África (ALADAA) Chile bajo el alero de múltiples instituciones universitarias. Y sin embargo, ésta es la única Mesa que reflexiona desde un espacio museal. Y no es un hecho menor, sino que por el contrario, representa una ruta de exploración trascendental: los museos, y no sólo las academias o las universidades, son fuentes generadoras y configuradoras del saber, y en lo que respecta al fenómeno artístico, constituyen un núcleo vital en la investigación.
Esta mesa, que se titula “Intensión y extensión: reflexiones en torno al estudio y la investigación del arte asiático en Chile”, pone en relieve, justamente, el estudio del arte asiático en Chile desde una problemática de conocimiento, y también una praxis, que demandaría ciertas competencias y experticias específicas para su tratamiento, como objeto artístico y como fenómeno abstracto de conocimiento para una disciplina. No obstante, esta primera ocasión de discusión no es más que una formulación inicial, experimental, de los objetivos, los obstáculos, los escenarios y las proyecciones de la investigación del arte asiático desde la frontera local. Es una puesta en común de miradas.  
Para iniciar este diálogo, quiero enunciar una serie de elementos y postulados que, a nivel general, participan como imposiciones o axiomas delimitantes de una indagación sobre Asia, en tanto que una problemática epistemológica. O por de pronto, simplemente predisponen un manto de sospecha sobre quien quiera indagar este tema. Y es mi deseo despejar dos temores: la intención y la extensión.
Considero que estas dos grandes dimensiones deben ser argumentadas y validadas por una comunidad de profesionales para el asentamiento decidido y proyectable de la investigación sobre el fenómeno artístico asiático; esto es, hacer posible el tránsito desde el gusto intelectual particular de un investigador por estos tópicos, a la necesidad de su investigación, medida en el impacto de su trabajo en el acontecer nacional.
La primera dimensión que uno podría poner en cuestión es del orden cuantificable, y está en relación a la presencia de objetos, tendencias, discursos, modas o expresiones cuyo origen esté direccionado hacia lo asiático. Es lo que denomino como la extensión. Es decir, lo primero que se cuestiona, por de pronto, es si una investigación es necesaria o no, debido a la presencia del objeto de estudio en el medio local, y la importancia de su cantidad como sinónimo de su impacto o inscripción en problemáticas propias del medio. Es preguntarse, sin tapujos, si hay o no hay arte asiático en Chile (insisto, tanto como grupos de objetos, o como formas abstractas de comparecencia de lo asiático desde lo artístico y/o estético) y en qué medida, de haberlo, genera un rendimiento intelectual a una comunidad o a una episteme. La primera respuesta que puedo puntear, es que la existencia de objetos artísticos de procedencia asiática –o por lo menos con una evocación– sí existe en nuestro territorio. Y es algo que debe ser rescatado, exigido desde la dificultad de un levantamiento o arqueo, y una puesta en valor. Algunos de estos objetos son custodiados por museos, tal como la colección de estampas japonesas del Archivo Andrés Bello de la Universidad de Chile, una colección similar del Museo de Bellas Artes, así también las variedades de piezas que puedan tener las instituciones ligadas a Asia, como las embajadas, los institutos culturales, las comunidades de inmigrantes, los objetos que posee este mismo lugar, el MAD, las colecciones privadas, de las que no siempre tenemos referencias visibles, (por ejemplo, las piezas orientales de la Fundación Neruda), y aquellos objetos un tanto desapercibidos en los espacios abiertos, ya sean los jardines japoneses del Parque Metropolitano o de La Serena, entre otros que dejo en el tintero. Y hay otras articulaciones que todavía no acaban de configurarse en problemas, por ejemplo, las modas o las tendencias asiáticas en el cómic, la animación, el vestuario, las costumbres, y en general, en las formas de la visualidad y los imaginarios que se han insertado y sintetizado en nuestro contexto. Pero ya he dicho, éstas últimas figuran más bien en tendencias coyunturales, o problemas con una mayor pertinencia hacia otras disciplinas, sea la Sociología, el Periodismo o la Psicología, antes que la Historia y la Teoría del Arte. Esto no tiene que ver necesariamente por la naturaleza de objeto que tenemos en frente, sino por el tipo de formulación investigativa que se enuncia sobre el objeto.
Esto nos lleva a la segunda dimensión –y para mí la más significativa–, a la hora de poner una sospecha sobre la investigación del fenómeno artístico asiático: una del orden cualificable, a saber, acerca de los modos de configurar y visibilizar un objeto de estudio como un problema atingente a nuestras disciplinas. Es la intención de la investigación. Me parece que esta instancia está descrita desde dos proposiciones delimitantes, y de las que yo, en una, tengo mi sospecha. La primera, en una carencia bibliográfica en torno a lo que se investiga, y por otra parte, la pretensión de una suerte de especificidad omnipresente del objeto de estudio, que imposibilita cualquier indagación. Diríamos, de manera muy rústica, que no podemos estudiar con propiedad el fenómeno artístico asiático por una carencia de fuentes primarias y secundarias, y así también, porque por sí mismo el objeto guarda una forma de sentido, o un estrato semántico, que lo hace incognoscible en lo medular. Ninguna de las dos proposiciones es inválida de considerar. Al contrario, fijan una lógica prudencia. Pero yo diría, además, que deben matizarse con la legítima posibilidad del investigador de construir bibliográficamente, armar conceptualmente, y elaborar metodológicamente el objeto de estudio desde múltiples rutas y enfoques exploratorios. Por lo mismo, estamos al tanto, que pensamos desde el principio sobre la base de un fenómeno artístico, esto es, en su complejidad, profundidad y amplitud interdisciplinar.
Pondré un ejemplo del impacto de la construcción del objeto de estudio, que ciertamente, aún sigue vigente como indagación, y es un campo muy interesante de reflexionar. En Japón, a mediados del siglo XIX, el problema del estudio del arte, o más precisamente, del fenómeno artístico, se fundó desde la instauración de un modelo epistémico expositivo de los objetos artísticos en el Japón. El arte japonés solamente ha podido ser entendido como Arte, en un principio, en la medida que parte de su naturaleza, aquí estoy hablando concretamente de las obras, entraron en el espacio museográfico o se estructuraron en un objeto de investigación complementario, o anexo, de la producción hegemónica de lo que denominaríamos “la Institución Arte”. Así, pues, para que exista primeramente el concepto de “arte japonés” como objeto venido en problema de conocimiento, parte de los agentes del campo artístico tuvieron que ser enmarcados en el espacio expositivo. Y esto tiene una data acreditada: Occidente conoce aquello que hasta hoy día definimos como “arte japonés” en el año 1873, en el marco de la Exposición Universal de Viena. Consiguientemente, y un dato no menor, es que junto al ingreso de colecciones a los circuitos expositivos (25 exposiciones internacionales entre 1873 y 1910), la circulación desmedida de piezas a museos extranjeros y la aparición de la primera escuela de Arte Kóbu Bijutsu Gakkó (1876), en Japón florece la denominación de Bellas Artes (bijutsu), a contrapelo de Artes Decorativas (geijutsu).
A lo que me refiero: la terminología del Arte, sus instrumentales analíticos, no son sistemas cerrados o completamente estáticos, respecto a lo que señalan, delimitan o definen. Son históricos, y por lo mismo, modificables según los discursos predominantes, y los problemas que redefinen los horizontes de una disciplina. En este caso, Japón tuvo que redefinir su propia producción artística bajo categorías y marcos conceptuales occidentales. Definir y separar, por ejemplo, lo que es arte en tanto que objeto artístico (experiencia estética, lenguajes artísticos y rasgos estilísticos), arte como clasificación de objetos (pintura escultura, arquitectura, etc.), arte como finalidad de objeto (exploración de la visualidad, experiencia de lo bello, etc.) –y separarlo desde allí de lo decorativo (funcional) –.
Si pensamos el caso japonés desde un punto de vista de la disciplina historiográfica, los modelos de periodización usados para comprender las transformaciones estilísticas de los objetos, responden a patrones de estructuración con los que trabaja la Historia del Arte, la Arquitectura y la Arqueología occidental. Sin ser incisivo, pero sí de una manera general, el fenómeno artístico japonés, y tal vez el asiático en su conjunto, han sido pensados y construidos sobre las bases epistemológicas del siglo XIX. Así, el concepto de Estilo, de Forma, de Espíritu de Época se hayan presentes hasta hoy en día, aunque sea de manera nemotécnica, en la forma de aprehender este fenómeno. O bien, complementariamente, la relación del fenómeno artístico con el contexto social parece ser una dimensión imprescindible para entender una obra. Lo mismo que los artistas. Son aristas indisociables. La historia de lo artístico en Japón está sobre la base de una Historia de las Obras, y una Historia de los Artistas, en función de una periodización del concepto de Forma como indicio de una cosmovisión epocal (que no sería otra cosa que el gusto). Deseo subrayar lo siguiente: lo que hoy conocemos como arte asiático, chino, japonés, coreano, etc., son la expresión de preguntas, problemáticas y discursos aplicados que construyen, visibilizan ese fenómeno artístico y lo hacen inteligible, aprehensible por las metodologías.
Llevado este escenario a Chile, la interrogante es cómo visibilizamos conceptualmente el objeto asiático, cómo analizamos metodológicamente el objeto de estudio, y por sobre todo, de qué forma interrogamos al objeto, desde la proyección que, con cada pregunta que le formulamos, de ante mano ya hay algo que esperamos de él, un cierto comportamiento. La especificidad del fenómeno que sosteníamos bajo una pretensión absoluta, puede ser vista también, como el proceder que adquiere nuestro objeto de estudio en la forma de un resultado modelado por un problema específico.
Para poner un ejemplo hipotético: el estatuto que adquiere una obra asiática, dependiendo de la mirada y la interrogación con la que se examina, se perfila y se comporta de manera dinámica. La visualización de una estatua de Buda como objeto, es muy diferente si lo que examinamos son sus atributos formales, iconográficos, bajo la pregunta “¿cuáles son las variaciones formales de los regímenes compositivos de la escultura Budista en Sri Lanka entre el siglo X y XII?” A pensar la misma escultura en relación a su impacto en la obra poética de Pablo Neruda en Residencia en la Tierra. Las exigencias de ambos objetos artísticos y el cómo concebirlos varían, pese a que ambos mantienen una condición de obra. En una interrogamos su configuración formal, compositiva, mientras que en la otra la aprehensión de un imaginario a partir de la experiencia estética y las articulaciones semánticas de la obra. Y así, de la misma manera, una obra inscrita en un espacio museal contiene elementos propios del discurso museográfico, que lo delimitan, mientras que reflexionada desde la Teoría del Arte, aportará otras constelaciones propositivas y exploratorias. Pero en ambos casos, apelamos a la investigación de un mismo fenómeno, perfilado desde diferentes miradas.
Finalmente, para cerrar esta presentación, quisiera decir que el cómo estudiar el arte asiático desde Chile es y seguirá siendo una pregunta abierta, pero en ningún caso una pregunta con un sesgo prohibitivo. Si los investigadores interesados en este tema ponen en común exposición sus inquietudes e investigaciones, se posibilita la configuración de un campo de trabajo, una comunidad de investigadores, donde se pueden generar una red de problemáticas y sacar a superficie los rendimientos, solidaridades y posibilidades de exploración de un fenómeno que, si bien podemos discutir la dimensión de su inscripción en el medio local, no podemos obviar su presencia.
«Un conocido de Japón, China y del Oeste». Autor: Shiba Kokan. Óleo sobre tela. Periodo Edo (1616- 1868).

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* Texto presentado el jueves 20 de noviembre en el Museo de Artes Decorativas, en el marco de un ciclo de Mesas de Diálogo organizado por ALADAA Chile.


miércoles, 6 de febrero de 2013

Observaciones en torno a la mujer japonesa en la estampa y la fotografía entre el siglo XVIII y XIX. (Parte 3, final)



«El elefante». Autor: Suzuki Harunobu. Formato: Chuban. Dimensiones: 25 x 20 cm. Año: 1770.  Ukiyo-e, tema Bijin-ga. Periodo Edo (1616- 1868).

Ahora, teniendo en mente estas imágenes de la mujer, tanto en la representación tácita del mito y en su vertiente más animista en la prehistoria japonesa, como su contraparte en la fotografía de estudio, podemos proyectar esta operación, de un modo mucho más sutil, en el género bijinga (mujeres hermosas) de la estampa japonesa. La presente obra Suzuki Harunobu, lleva por título “El elefante”, curioso nombre, pero en efecto el centro gravitacional del sentido semántico de la composición. Aquí la figura no apela directamente a la narración de un mito, pero sí se vincula a un discurso metafísico de la línea budista. Suzuki Harunobu generalmente usaba modelos de mujeres de la zona de Kansai, cerca de Kyoto, mostrando un tipo de mujer más frágil, suave, pequeña, circunscrita a un espacio mucho más aristocrático. Por ello, y en consecuencia, la mujer aparece leyendo, demostrando sus competencias intelectuales, aparentemente en un espacio de intimidad, una habitación tal vez. No obstante, el giro simbólico que posibilita el salto hacia una sugerencia de lo sacro, se precisa de dos maneras complementarias: la primera, a través del símbolo de las flores, que revelan la naturaleza juvenil de la representada, pero también su vinculación con los cambios de las estaciones; primavera y otoño (si consideramos los adornos vegetales del kimono), dos de las estaciones más agradables para el pueblo japonés. Aquí la mujer se presenta como una parte de la naturaleza, se extravía en ella, es un fragmento, una indelimitación, pero también la misma naturaleza posee un carácter femenino, en las curvas de las flores que emulan el gesto y la pose de la retratada.
En ambos casos, podemos afirmar que lo que prevalece es el gesto del erotismo del cuerpo como insinuación de aquello que no está al descubierto. La segunda manera de sugerir la dimensión sacra, es mucho más evidente: ella está sentada sobre un elefante blanco, símbolo del budismo traído desde la India que representa la sabiduría, la inteligencia y la paciencia. El elefante acusa recibo de una condición sagrada, alegórica, que revela con su presencia un aspecto misterioso y oculto de su acompañante; una segunda lectura, mucho más incisiva, de los sentidos que se extraen de la acción de leer un documento, como lo hace la cortesana. Así, en efecto, la representación de la mujer se sirve de atributos, signos, que configuran las coordenadas del aparecer del imago de la mujer y lo femenino. De otra manera, el atributo, ya sea un símbolo, un detalle, y a un nivel elemental, un signo, es siempre un indicio de una realidad inconmensurable y parcialmente velada. Julien Ries señala que un símbolo es “un signo de reconocimiento”[1], un significante que sugiere significados en una red de relaciones definidas históricamente. Por lo tanto, la aparición de la hierofanía en la estampa japonesa, no se traduce en la intención de una narración de corte mítico, sagrado, sino más bien en la correspondencia compositiva, organizativa de los elementos visuales que entran en juego en una trama dispuesta para ser leída como una experiencia que te impulsa a un salto hacia la sensación de infinito, o en último término, hacia algo que transgrede una significación literal de la representación. Roland Barthes lo entiende así “el mito no se define por el objeto de su mensaje, sino por la forma en que se lo profiere; sus límites son formales, no sustanciales”[2].
«Geisha arreglando su cabello». Autor: Kitagawa Utamaro. Ukiyo-e. Periodo Edo (1616- 1868)
Análogo caso es esta obra de Utamaro donde es el kimono, la ornamentación floral que dispone cada cortesana, el que regula la personalidad de casa mujer y la vincula con las estaciones, los cambios del tiempo y la fugacidad de la existencia. Fíjense con atención que las líneas del kimono cruzan justamente por las zonas eróticas de la mujer: el cuello, el busto, el ombligo que está oculto, las muñecas y las manos.
«Mujer con los pechos desnudos». Formato: fotografía. Autor: Raimund von Stillfried. Dimesiones: 23.2 x 28.5 cm. Año: 1870.

Desde otro punto de la cuestión, la fotografía no necesitó ocultar nada al lente. Si bien estaba prohibido el desnudo fotográfico, cuyas razones no alcanzaría a desarrollar en esta ponencia, en tanto que plenamente argumentado su ocasión, los fotógrafos hicieron desnudos en grandes cantidades, incluso imágenes pornográficas que distribuían ilegalmente. La concepción de la fotografía como el instrumento que podía captar la realidad tal como era, fue el discurso que prevaleció durante décadas, con las implicancias que saltan a la vista: las lecturas que se pueden realizar a una composición se limitan, en la mirada contemporánea a su ejecución, a un recuadro literal de lo que acontece en la placa. Toda la densidad del fenómeno temporal, histórico, del transcurso de una acción y su profundidad como gesto humano cargado de significaciones, queda registrado como una dramatización objetiva, anacrónica, al descubierto en su totalidad: “la fotografía se halla en la encrucijada de dos procedimientos completamente distintos; uno es del orden químico: es la acción de la luz sobre ciertas sustancias; el otro es del orden físico: es la formación de la imagen a través de un dispositivo óptico”[3].


«Hanazuma de Hyõgoya ». Autor: Kitagawa  Utamaro. Formato: Ukiyo-e, tema Bijin-ga. Dimensiones:. 39 x 26 cm. Periodo Edo (1616- 1868). Museo Nacional de Tokyo.
Pondré solamente un ejemplo más para manifestar mi posición sobre la inscripción de la mujer en la estampa japonesa, y cómo se articula su presencia, su función relacional dentro de la composición y hacia dónde se propone orientar. Con esto, voy cerrando mi ponencia. La siguiente estampa, de Kitagawa  Utamaro, supone una operación mucho más sutil con la composición del cuerpo femenino. En primer lugar, el efecto de intimidad que otorga el encuadre. Del panorama infinito que se proyecta hacia el horizonte, el artista ha segmentado la visión en una escena donde incluso el foco de atención, la mujer, aparece recortado. Ha suprimido intencionalmente el escenario donde se sitúa la acción, dejando únicamente un fondo plano. Este recorte, me parece, es el primer indicio de la presencia de lo numinoso, en un doble sentido: por una parte, en la separación de espacios, el privado, el sacro, donde está la mujer como centro de la acción, y el profano, lugar del observador y donde transcurre el tiempo, esto es, el puro movimiento. En lo estático de la escena capturada (más bien diseñada) acude el acontecimiento de un sentimiento por parte del observante. Lo sacro se manifiesta, desde un punto de vista antropológico, como un elemento inherente a toda subjetividad. Cito a Eliade “no es un momento de la historia de la conciencia, sino un elemento de la estructura de la conciencia”[4], entonces, nos conmueve la pose, la recepción de la cortesana al mensaje escrito en la carta, a su propia perturbación. Utamaro, en cuestión, trabaja la emoción que desprende el acontecimiento, y la mujer es, pues, el receptáculo visible de esa impenetrable interioridad de un arquetipo ya completamente definido, la cortesana, la geisha: “en todas ellas se aprecia un carácter y actitud de ánimo diferente que las hace más reales y cercanas”[5]. En segundo lugar, lo sacro es insinuado en la categorización del cuerpo, específicamente en la contraforma de la pose y los dedos. El estar sentado para los japoneses es un hecho normal, una costumbre más instalada que en occidente. Para los japoneses estar sentado involucra el concepto de suwatte, que significa estar equilibrado, en un sentido espiritual y moral. Si bien la postura proviene de estar arrodillado delante de los nobles, la posición es especialmente recta, erguida. Pero en esta imagen hay un desfase en este estar sentado: se presenta una fractura que está dada por el escorzo de la pose, la contraforma que se genera entre la pierna derecha de la cortesana, el brazo derecho y la tensión de los dedos, los que se posicionan justo en el perímetro del pecho. Los dedos son una extensión de los sentimientos de la persona. La mujer, por ejemplo, cuando trabaja en el ikebana, los arreglos florales, su arte consiste en transmitir sus sentimientos al receptor del arreglo en la medida que el doblez que efectúa en cada rama es realizado por sus dedos, imprimiendo una fuerza simbólica, llena de emotividad que se trasunta. De la misma manera, aquí los dedos evocan esa intranquilidad, la pérdida de la estabilidad que complementa la apertura de la rectitud de estar sentado.
En consecuencia, la sugerencia de un estado anímico insondable es la manifestación del cosmos, la interioridad que guarda un ser vivo, finito, el espacio sagrado que anida en todas las cosas y que la mujer, como motivo relacionado íntimamente con la naturaleza, ha sido expuesto en la historia del arte japonés. Todo este sondeo de la administración de la superficie, conduce a un único estado de translimitación, Mono no aware, término usado en el siglo X y que, si no en su sentido literal, es recogido indirectamente en el periodo Edo, esto es, la infinita compasión que cada uno de nosotros, como entes, debe poseer por todas las cosas en tanto que el universo en la multiplicidad. Así, finalmente, la mujer, pues, se transforma en una hierofanía, el vínculo que hace posible y transmite esta experiencia estética y moral de la finitud del ente con lo transcendente.


[1] Ries Julien; Tratado de antropología de lo sagrado, Editorial Trotta, 1995, España, pág. 44
[2] Barthes, Roland; Mitologías, Siglo XXI Editores, Argentina, 2008, pág. 199
[3] pág. 39
[4] Eliade, Mircea; Fragments d’un journal, Paris, 1973 [Fragmentos de un diario, Madrid 1979],
pág. 315.
[5] Cabañas, Pilar; La imagen de la mujer en el grabado japonés, En: Revista de Estudios Asiáticos, nº2, Servicio de Publicaciones Universidad Complutense de Madrid. Instituto Complutense de Asia, 1996, pág. 13

lunes, 21 de enero de 2013

Observaciones en torno a la mujer japonesa en la estampa y la fotografía entre el siglo XVIII y XIX. (Parte 2)




«Casa y jardín en el gran monasterio de Fujiyama, Omiya». Formato: fotografía. Autor: Felix Beato. Año: 1867.

Muy diferente es el panorama de la fotografía que se desarrolló desde el año 1848 con el daguerrotipo y finalizó con la primera fotografía tomada con éxito en Japón en 1857. La mujer en este soporte sirve, en un comienzo, casi exclusivamente como un personaje, un elemento constructivo de un escenario que intenta retratar las formas de vida de las culturas en el mundo, luego dispuesta para fines comerciales en la venta de postales. Así, en consonancia con Barthes, “la fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podría repetirse existencialmente”[1]. Generalmente las vistas son panorámicas, propio de las posibilidades que podía conceder el soporte en sus comienzos, y donde la mujer no adquiere notoriedad ni se convierte en un elemento aglutinador de formas de sentidos en las fotografías con fines antropológicos.

«Un picnic». Autor: Hishikawa Moronobu. Formato: pergamino, tinta en papel. Periodo Edo (1616- 1868).

 Pero antes de ahondar en estas cuestiones, debo señalar firmemente que este ensayo es desbalanceada. Mi intención es centrar el debate en el grabado japonés, mientras que la fotografía resulta ser un punto de distanciamiento, de contraposición a la tradición japonesa en el arte, incluso si en el caso de la fotografía fuese obra de un japonés. La razón es, tal vez, que a falta de fuentes y documentos conservados, aún no se ha podido realizar una historia de la fotografía en Japón. Pues bien, dispuesto este alcance, me gustaría introducir brevemente un marco general de la estampa japonesa, conocida como Ukiyo. El nombre significa literalmente “pinturas del mundo flotante y transitorio”, pero el vocablo comenzó a utilizarse en la edad media japonesa desde la práctica del budismo como una referencia directa a un mundo “de penas e ilusorio y transitorio”[2]. En este sentido, se proponía al término una interpretación, según el discurso budista generalizado en la sociedad por entonces, de la negación de las emociones y la experiencia sensible.
¿Entonces, pues, es posible que en un contexto tan secularizado como la fiesta del siglo XVII, una imagen pueda albergar un componente altamente sacro, ritualizado? La respuesta es que es posible, y así sucedió. Esto podemos presentarlo brevemente a través de dos proposiciones: la primera, es que, recordando la célebre frase del shogun, Japón atraviesa un proceso de resguardo e intensificación de sus tradiciones, en especial las ligadas al sintoísmo, religión animista autóctona. Si reparamos en la vigencia de estos cultos, nos damos cuenta que en el Ukiyo-e aparecen innumerables grabados con paisajes que constituyen las rutas de peregrinación a los templos para las festividades, pero lo más importante, es que en tanto un culto animista, el mundo se instituye como un organismo vivo, como una cosa, que puede ser eventualmente una divinidad o un objeto comunicante con lo sacro, en tanto que éste se transforma en una hierofanía. Dice Mircea Eliade: “situado ante la hierofanía, o irrupción de lo sagrado en el mundo, el hombre toma conciencia de una realidad transcendente que da al mundo su verdadera dimensión de perfección”[3]. Visión similar comparte el esteta japonés Tsudzumi Tsuneyoshi quien considera adecuado el concepto de “indelimitación” para reflexionar una figuración semejante a la hierofanía, puesto que cualquier objeto (en este caso de arte) recoge la conciencia de lo sagrado -el cosmos- en un acto ritual –la creación artística- y lo presenta materialmente a escala reducida, a la medida oportuna de la finitud del ser humano. Así, señala: “la idea fundamental de la indelimitación que consiste en ver lo infinitamente grande, o sea el universo, en algo que en comparación con él es infinitamente pequeño”[4]. Lo que estoy señalando, preciso, es que la mujer como motivo representacional puede ser un objeto conducente en la estampa japonesa a una sugerencia de lo infinito en los límite de la superficie del soporte, y compadecer como tal en el espectador a través de la administración visual de sus atributos simbólicos y semánticos.
«Vestimenta y peinado de las geishas visto de espalda». Formato: fotografía. Autor: Desconocido. Año 1890.
Por su parte, la fotografía que entra en escena en un Japón muy diferente, posterior, que ha abierto sus fronteras en 1860 a las grandes potencias occidentales por motivos de variada índole, pero que han proporcionado como resultado un acelerado proceso de industrialización, tecnificación y occidentalización de la sociedad. Cargado de un pensamiento positivista, una búsqueda de la verdad a través del documento, la huella material de la sociedad, la fotografía no intenta pensar sobre la base de una hermenéutica de la obra de arte, o sobre las posibilidades semánticas del motivo representacional y social de la mujer, más, como pueden apreciar en esta fotografía, el interés recaía en registrar utensilios, formas de vida, objetos distintivos de las culturas para diferenciarlas y catalogarlas: “la fotografía dice: esto, es esto, es asá, es ta cual, y no dice otra cosa; una foto no puede ser transformada (dicha) filosóficamente”[5]. Aquí la pose y la composición gravitan en el obi, un segmento del kimono que para occidente resultaba llamativo, exótico en demasía. A discrepancia de las escenas grupales en la estampa, la visión frontal de la mujer es remplazada súbitamente por una orientación que se ajustara a los fines científicos del registro documental, a la vez que a una estética comercial de compra de mercancías exportadas de Japón.
«Yama-Uba yKintaro». Autor: Kitagawa  Utamaro. Formato: Ukiyo-e, tema Bijin-ga. Periodo Edo (1616- 1868).
Demos nuevamente un salto al tema inicial y veamos ahora un ejemplo concreto de la relación de la mujer con lo sacro en la estampa: la mujer y el mito como motivos del grabado japonés. Esta estampa de Kitagawa  Utamaro representa el mito de Yama-Uba y Kintaro, la primera una bruja que amamanta a un niño de atributos divinos, el que tiene una vida colmada de aventuras muy análogo a lo que correspondería a un hércules en la tradición occidental. La mujer aquí se centraliza en el rol de la madre, la maternidad y la benefactora: encuentra al niño y lo ayuda dándole el alimento necesario para que prosiga con su propia historia. La composición no está fundada en la aparición del niño, que es en efecto el héroe de la narración, sino que sólo emerge desde una esquina para llevar a cabo la acción de la lactancia. Es la mujer quien cubre más de la mitad de la lámina, sólo y en tanto que amamanta. El centro de atención son sus pechos, que afirman un erotismo de su naturaleza femenina, como también su ineludible condición de madre. La mano izquierda de Kintaro, pues, sostiene el busto como si se tratase de un lactante, un bebé que sólo requiere su alimento para sobrevivir, mientras que el derecho aprieta el pezón en una actitud netamente sexual, que puede ser pesquisada en el género shunga. La mujer, la bruja, se ve enfrentada a esta ambivalencia en esta doble identidad sustancial: el ser biológico, carne, deseo, y el ser sobrenatural, bruja, que es capaz de dar vida a través, por cierto, de la reafirmación de su cuerpo erótico, sus pechos que proveen leche. 
Figura Dogu. Barro cocido.(1500-1000 a.C.). Japón.

Al parecer, esta ilustración responde a una antiquísima tradición, animista, donde la mujer estaba vinculada a los cambios de estación, las alteraciones de la naturaleza y los efectos que ésta podía ocasionar a las comunidades. Estamos hablando de la comprensión, ya sea de manera analógica o de creencia, que la mujer tenía un componente sagrado, o por lo menos sobrenatural, manifiesto a través de los cambios de su cuerpo. Esta imagen, correspondiente al periodo neolítico japonés, da cuenta de esta proposición. El ser antropomórfico, un tipo de escultura llamado dogu, con elementos femeninos que aparece en pantalla, sería un amuleto de buena suerte para las cosechas, el buen tiempo, la natalidad y fundamentalmente una idealización de la fertilidad y la abundancia; un vaso comunicante entre la comunidad de hombres y la naturaleza, el cosmos, lo inefable. Ejemplos similares de estatuillas benefactoras femeninas también se encuentran en el territorio de Europa.

«Una mujer  bajo una fuerte lluvia». Formato: fotografía. Autor: Kusakabe Kimbei. Año: 1870-1880.

Muy por el contrario, en este negativo fechado entre 1870 y 1880 de Kusakabe Kimbei (activo hasta 1914), la mujer muestra una nueva vertiente, aquella que padece la naturaleza, se enfrenta a ella y se opone sin lograr resultados satisfactorios. Pero no solamente nos podemos referir a esto. Tanto en la estampa como en las estatuillas dogu, desde la concepción de mundo del pueblo, estas obras no son representaciones, sino presentaciones, configuraciones de mundos posibles y lazos directos y reales con la transcendente. Así, la estatuilla tenía un poder sobrenatural, puesto que allí encarnaba o habitaba un espíritu, mientras que en el grabado se efectuaba la experiencia directa de la relación visual y sentimental del acto sexual y amoroso con las cortesanas y las geishas a las que, en muchos casos, por motivos económicos se les impedía visitar o entablar relaciones. La estampa y la estatuilla es una ocasión donde acontece una acción entre lo presentado y el receptor. En la fotografía nos preparamos para relacionarnos con un artificio, “mantiene a través de su raíz (el que es fotografiado, el spectrum) una relación con “espectáculo” y se le añade ese algo terrible que hay en toda fotografía: el retorno a lo muerto”[6]. Estas imágenes son hechas en estudio, por actrices, y en este caso el viento fue producido a través de alambres que colgaban del kimono, la pose misma del personaje, mientras que la lluvia encarnada por la ralladura del negativo con un filo. La fotografía que se realizó en Japón, en consecuencia, rápidamente pasó de ser un objeto del conocimiento a uno comercial. La venta de postales en Europa alcanzó gran demanda entre la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX.


[1] La cámara lúcida, pág. 31
[2] Lane, Richard. “Maestros de la estampas japonesa: su mundo y su obra”. Editorial Herrero, México, 1962, pág. 10.
[3] Ries Julien; Tratado de antropología de lo sagrado, Editorial Trotta, 1995, España, pág. 14
[4] Tsuneyoshi, Tsudzumi; El arte japonés: bajo los auspicios del Instituto Japonés de Berlín, España, 1932, pág. 19
[5] Barthes, cámara lúcida, 32
[6] Ibíd, pág. 39